Domingo 15 de Diciembre de 2019

En Foco

Evo, el golpe y el virus de la perpetuidad

Jueves 14 de Noviembre de 2019
Evo Morales, ex presidente de Bolivia, está con asilo político en México.
© Clarín

El caos en Bolivia abrió la grieta en la Argentina. Alberto se sueña líder regional y el Congreso juega a la semántica.

Dictaduras, revoluciones e incertidumbre. Así describían a América Latina los relatos de la cultura en los países dominantes. En tono de tragicomedia, Woody Allen filmó en 1971 la película “Bananas”. Un revolucionario barbado al estilo Fidel Castro tomaba el poder en un país caribeño de ficción llamado San Marcos. Su primera medida como presidente era anunciar el sueco como idioma oficial; obligar a cambiarse la ropa interior cada hora y media, y usarla por arriba de pantalones y polleras para que el cambio se pudiera verificar. Y convertir a todos los menores de 16 años en personas de 16 años. La metáfora estaba clara. Bastaba que un líder popular llegara al poder para que se convirtiera, de inmediato, en un déspota.

No lo queríamos ver pero la tragedia institucional de América Latina sigue estando ahí. En la fragilidad crónica de nuestras democracias. La que creíamos superada entre la década del ’80 y el nuevo siglo. Fue cuando cayeron las últimas dictaduras militares y la región pareció despegarse del síndrome bananero y de algunos vestigios que con tanto talento había pintado la literatura del realismo mágico.

La Argentina de Alfonsín. El Brasil de Sarney y de Fernando Henrique Cardoso. El Chile de Frei, Lagos y Bachelet. Y el Uruguay de Sanguinetti y Lacalle. Parecía restaurado el tiempo de la tolerancia, del diálogo político y las coaliciones. Pero ninguno de ellos ni de los otros estadistas del lado pobre del continente, que gobernaron en español y en portugués, pudieron matar al huevo de la serpiente.

La alarma la encendió Venezuela. La mutación del populismo militar de Hugo Chávez en autocracia, corrupción, pobreza y muertos. Desde hace veinte años, el chavismo se adueñó del país que tenía petróleo como para hacer marchar a toda Sudamérica y lo convirtió en un museo de la decadencia. Los venezolanos son los gitanos de este tiempo y peregrinan por todos los países del inmenso jardín en busca de trabajo, comida y algo de felicidad. Parece increíble pero todavía hay dirigentes que prefieren no condenar la pesadilla chavista. Entre ellos, el presidente electo de la Argentina, Alberto Fernández; la vice, Cristina Kirchner, y varios de los dirigentes que serán ministros del gobierno inminente.

La tómbola de la fragilidad acaba de rodar hasta quedar a la vista Bolivia. Un país con carencias ancestrales que había encontrado en Evo Morales el milagro de un descendiente de indígenas que consiguió popularidad y gobernó más de una década con equilibrio y un sorprendente éxito económico y social. Jugaba muy bien al fútbol al mismo tiempo que reducía la pobreza y el déficit fiscal. Pero la maldición de Woody Allen le cayó en 2016, cuando los bolivianos le hicieron saber en un plebiscito que preferían elegir al próximo presidente entre otros nombres. No los oyó y acordó con una Corte Suprema amañada su continuidad como candidato presidencial. Allí comenzó su caída.

Evo Morales, como Fidel y Hugo Chávez. Como Ortega en Nicaragua y Fujimori en Perú. Como Stroessner en Paraguay y como Nicolás Maduro para consolidar el derrumbe venezolano. Como todos ellos, el boliviano comenzó a vulnerar las leyes y a reinterpretar la Constitución para quedarse en su cargo, con sus riquezas y sus comodidades. El virus de la perpetuidad también rozó a la Argentina. Carlos Menem fantaseó a fines de los ’90 con la re reelección y Cristina Kirchner lo intentó después del 2011 con el vamos por todo. Sólo la insatisfacción social y las derrotas electorales impidieron que aquí se reprodujera la tentación latinoamericana de la eternidad.

A Evo le pasó lo previsible. Cayó su popularidad y creció la tensión social. Bolivia dejó de crecer y se terminó también el ascenso de los más pobres. El final no podía ser más previsible. Instrumentó el fraude para evitar una segunda vuelta electoral que lo arrojaría al infierno de la derrota. Eligió la épica dudosa de la victimización y terminó asilado en México, el país de corazón abierto que alguna vez recibió a León Trotsky y también al Sha de Irán.

Como no podía ser de otra manera, la caída de Evo Morales alimentó la grieta argentina. Alberto Fernández fue uno de los gestores del asilo en México y, desde un primer momento, calificó la situación de Bolivia como un golpe de estado buscando congelar a Mauricio Macri en el mismo infierno de los supuestos golpistas. En la prensa y en las redes sociales, el kirchnerismo ganó en el juego del blanco o negro. El que no usaba el término golpe de estado, era algo así como un cómplice. Y radicales respetuosos de la libertad de expresión como Gerardo Morales, Mario Negri o Susana Malcorra cayeron en la trampa.

El miércoles, mientras la inflación anual de la Argentina corría hacia el 60% y el riesgo país superaba los 2.500 puntos, los diputados oficialistas y opositores se reunían en el Congreso para discutir la situación de Bolivia en términos semánticos. ¿Es un golpe de estado tradicional, como votó el peronismo, o es un golpe a la democracia, como lo diferenció Cambiemos? Cada uno llevó su propio proyecto y los legisladores de la oposición lucieron en sus bancas unos papeles fotocopiados a color con la bandera de Bolivia. La última sesión había sido el 12 de septiembre para votar la emergencia alimentaria. Evidentemente, el Parlamento no encontró otras emergencias por el camino porque desde entonces no había vuelto a reunirse. Delicias del país adolescente.


Está claro, y así lo reconocen sus colaboradores más cercanos, que Alberto Fernández intenta en estas horas mostrarse como un líder regional. Un propósito que transpira audacia para alguien que todavía no asumió como presidente. Y que, posiblemente, le genere alguna tensión con Cristina Kirchner. Cuando le ofreció la candidatura presidencial a Alberto, la ex presidenta imaginó para sí misma ese papel de embajadora itinerante y lideresa presta a recomponer los pedazos del proyecto bolivariano. Habrá que ver cómo se ordenan las piezas entre ellos cuando se calmen las aguas de los elogios que Lula y el depuesto Evo le dispensaron al amigo Alberto.

Más allá de la fantasía del liderazgo progresista, está la realidad del endeudamiento argentino y la necesidad que tendrá Fernández de encontrar un camino de entendimiento con Donald Trump. Justamente, fueron el presidente de EE.UU. con el brasileño Jair Bolsonaro los primeros en reconocer al tembloroso interregno de Jeanine Añez. Macri en cambio prefiere esperar hasta ver qué escenario alumbra la película de suspenso boliviana.

La confusión en Bolivia colabora y mucho con la estrategia de quienes utilizan su desgracia para obtener réditos políticos. La inacción policial y la influencia cada vez más notoria de las Fuerzas Armadas en la crisis colocaron a los bolivianos en la zona fronteriza del golpe de estado. Si la senadora Añez no produce un llamado rápido a elecciones, el regreso de los militares al poder en un país de Sudamérica convertirá la fragilidad de la región en otro volcán en erupción.

En estas horas, el destino institucional de Bolivia se juega en las calles. Una cosa será si los militares y la policía mantienen el control de la situación para permitir una normalización con elecciones. Y otra muy diferente será si terminan siendo parte del poder emergente. El ejemplo más parecido a este tipo de desenlace fue la Argentina del 2001. Fernando De la Rúa perdió el control de la calle el 20 de diciembre, luego de las tres decenas de muertos que se produjeron por la represión policial a las manifestaciones. Y Eduardo Duhalde recién lo volvió a recuperar en la primera semana de enero, cuando las barras del peronismo corrieron a los grupos de izquierda del Congreso literalmente a piedrazos.

Los acuerdos parlamentarios de Duhalde y Alfonsín lograron que la situación no desbarrancara hacia un final de enfrentamientos entre civiles e intervención militar. Pero la discusión sobre si De la Rúa renunció por incapacidad de gestión y debilidad política, o si el peronismo lo arrinconó con presiones golpistas sigue cruzando a la dirigencia argentina. Alberto Fernández y la mayoría de los peronistas que lo acompañan consideran que no hubo golpe de estado contra De la Rúa. Pero sí catalogan como golpe de estado la deserción y pedido de asilo de Evo Morales. Contradicciones en este presente oscuro. La historia va a juzgar al boliviano como mejor presidente que el radical pero nadie podrá incluir en el wikipedia de De la Rúa la mochila del fraude electoral.

En la marea de Twitter que siguió en tiempo real la parábola de Evo Morales, causó un enorme impacto un posteo de la escritora y periodista Elena Poniatowska. Prestigiosa, casi nonagenaria, nacida en Francia y educada en México al calor de las ideas de izquierda, “La Princesa Roja” se diferenció del gobierno de Antonio Manuel López Obrador escribiendo: “¿Por qué los presidentes de la república quieren eternizarse en el poder?”. Y a continuación completó: “¿Por qué insiste Evo Morales en creer que no hay nadie más que él?”.

Quizás en la respuesta a estas preguntas se encuentren las razones del atraso educativo, la pobreza hasta ahora sin remedio y el ocaso institucional que tienen atrapada a América Latina desde hace un siglo de imperdonables oportunidades perdidas.


Fuente: Clarín