Sábado, 15 de Diciembre de 2018
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Keira Knightley, la reina más moderna de las películas de época

La actriz inglesa construyó su carrera componiendo mujeres complejas y fascinantes, como en Colette: Liberación y deseo, estreno de este jueves
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La actriz inglesa construyó su carrera componiendo mujeres complejas y fascinantes, como en Colette: Liberación y deseo, estreno de este jueves

En el comienzo de Orgullo y prejuicio (2005), Joe Wright sigue el movimiento de Elizabeth Bennet bajo la incipiente caída del sol. La cámara se agita al compás de su firme caminar, mientras ella lee atenta el libro que sostiene entre sus manos. Con la mirada perdida entre las letras, Elizabeth atraviesa el campo verde de la primavera, mientras las páginas sobrevuelan con cierta magia el pasto del camino. Luego vemos sus ojos, ahora inquietos, atentos a lo que ocurre alrededor. Cuando cruza el sinuoso estanque que separa su casa del campo, la cámara se distancia de ella, de su lectura, y recorre las habitaciones donde los Bennet conversan ruidosamente, se pelean, se ríen. Elizabeth los mira con ese aire que la distingue del resto, el que Jane Austen le regaló en su escritura más sentida. Uno de los grandes personajes de la literatura inglesa, el más reflexivo y perspicaz que haya imaginado su autora, encontró en los geométricos rasgos de una jovencísima Keira Knightley la alquimia perfecta, una belleza nunca sobresaliente como la destinada a su hermana Jane (que en la película interpreta Rosamund Pike), una distinción nunca impostada, una modernidad hecha de discurso y algo de verdadera revelación.

La ópera prima de Joe Wright le dio a su musa de entonces una temprana consagración: la confirmación de que no era simplemente la futbolista simpática y atrevida que había sorprendido en Jugando con el destino (2002), ni estaba condenada a ser la compañera de aventuras de los corsarios de Piratas del Caribe: La maldición del Perla Negra (2003), ni a representar a la inglesita de cara cuadrada que asomaba en el elenco de estrellas de Realmente amor (2003). Keira Knightley parecía nacida para encarnar la ironía que atraviesa la obra cumbre de Austen, perfecta para afilar la conversación en el salón de baile de los Bingley bajo la atenta mirada del señor Darcy, espléndida para habitar esos espacios llegados de otro tiempo, de aquel que solo ella podía hacer propio.

La asociación de su rostro con el aroma de épocas pasadas tal vez se definió en ese entonces, y después solo bastó que llegaran algunas películas para confirmarlo: primero Expiación: deseo y pecado (2007), luego La duquesa (2008), después Anna Karenina (2012), y ahora su esperado regreso en Colette. Guiones y directores terminan por nombrarla siempre en primer término, sugerir su nombre, insinuar su pertinencia. Y así desbancó a Emma Thompson, a Kate Winslet, y a esas otras inglesas que hasta hace poco se animaban a disputarle el trono de la "reina de la película histórica".

Es cierto que, a primera vista, ostentar ese reinado puede resultar una especie de condena a los vestuarios pomposos y a las ambientaciones acartonadas. Sin embargo, Knightley logró con soltura e inteligencia evitar siempre el santuario, ya sea el de los grandes personajes literarios como el de las celebridades históricas. Así, en La duquesa pronuncia con convicción una de las mejores declaraciones de la película de Saul Dibb: "Uno es libre o no lo es, el concepto de libertad es un absoluto. No se puede estar moderadamente muerto, ni sentirse moderadamente amado, ni ser moderadamente libre". Esa duquesa elegante del siglo XVIII, artífice de una participación política intensa y apasionada pero prisionera de su propio matrimonio, adquiere en la interpretación de Knightley una vitalidad sorprendente, que excede el texto de cualquier biografía y alcanza un espíritu únicamente cinematográfico. Lo mismo ocurre con su Sabina Spielrein, la paciente disputada entre Carl Jung y Sigmund Freud en Un método peligroso (2011), cuyo lugar en el psicoanálisis está construido en la película por algo más que anuncios de descubrimientos o postulaciones teóricas. Aquí, el canadiense David Cronenberg, como antes lo hiciera Wright, sabe aprovechar los huesos que pueblan el cuerpo de Knightley, para filmarla con seguridad y entrega en su lento pasaje de paciente a terapeuta.

En todos y en cada uno de los casos, en películas con mejor aura y destino, o en otras signadas por cierta displicente irresolución -como ocurre en la lánguida versión de Ishiguro, Nunca me abandones (2010)-, en lugar de contagiar a su interpretación con los códigos de la recreación histórica, Knightley ha sabido dotar a sus criaturas de una carnadura que trasciende las convenciones y mandatos de siglos pasados. Como actriz, más allá de los mundos de cada director con quien ha trabajado, de las diversas fuentes literarias que han inspirado a sus personajes, de la variedad de mujeres reales a las que ha interpretado, ha entendido que la Historia también puede contenerse en gestos vitales y comportamientos cotidianos. Aún cuando ha funcionado en el interior de un artificio perfecto, como es el melodrama en Expiación o el teatro en Anna Karenina, ha dado vida a sus mujeres a partir de un mundo concreto de sentimientos y emociones contradictorias, que se nutre de lo rocambolesco y desprejuiciado que puede tornarse a veces el cine.

En los últimos años, Knightley pareció tomarse algún descanso personal (casamiento y maternidad), sumado a algunos papeles en películas ambientadas en el presente (¿Puede una canción de amor salvar tu vida?, 2013), otros en historias bastante flojas (Jack Ryan: Operación sombra, 2014), algunos en imprevistas sorpresas (El código enigma, 2014) y otros en películas que -nunca faltan- la extravían en un rol demasiado secundario (Everest, 2015). En estos días, su regreso al territorio de la Historia llega con la personificación de Colette, la célebre escritora francesa de vida única a lo largo del temprano siglo XX que hace tiempo que merecía una película. Autora de numerosas novelas que incluyen la serie Claudinas -firmadas por su marido "Willy"-, la inolvidable Gigí y la sagaz La vagabunda, Colette ha aportado a la literatura una mirada femenina tan sincera como atrevida. Que sea Keira Knightley quien le de vida en la pantalla, quien construya ese puente imaginario entre la fiereza real del personaje y lo vibrante de su literatura, representa para la actriz todo un desafío. Sidonie Gabrielle Colette hizo de su irreverencia el alma de su arte y Knightley se prepara en estos días para salir de lo previsto, para asumir personajes con más riesgos, para ser la que lea la Historia con nuevos aires.

El rey Arturo (2004)

Apenas un año después del éxito de Piratas del Caribe, Keira Knightley se convirtió en una reina Guinevere de armas tomar en la versión de la leyenda artúrica imaginada por Antoine Fuqua. Resta decir que la película no sobrevive como una de las mejores versiones de aquella historia de caballeros y mesas redondas, pero sí explora esa vertiente de Knightley destinada a las aventuras, signada por un destino atípico y una fortaleza que surge de los mismos cimientos de su aparente fragilidad. Disponible en Netflix.

Orgullo y prejuicio (2005)

Basada en la famosa novela de Jane Austen, el debut de Joe Wright en la dirección fue el verdadero despegue de Keira Knightley como actriz y el inicio de su vínculo con la atmósfera de otras épocas. Dio vida a la genial Elizabeth Bennet, el más sentido alter ego de Austen y uno de los grandes personajes femeninos de la literatura inglesa de todos los tiempos. La actuación de Knightley fue celebrada de manera unánime por la crítica y fue nominada al Oscar como mejor actriz. Disponible en Amazon Prime Video.

Expiación, deseo y pecado (2007)

La segunda colaboración entre Wright y Knightley estuvo definida por una mayor ambición. Inspirada en la compleja novela de Ian McEwan, la historia de Cecilia y el joven Robbie atraviesa la guerra y juega con el tiempo, dando vida a uno de los grandes melodramas del siglo XXI. Wright no le tiene miedo al exceso y Knightley se confirma como una heroína única, capaz de expresar en las variaciones de su mirada lo profundo del dolor y lo trágico del sacrificio. Disponible en Amazon Prime Video.

Un método peligroso (2011)

El canadiense David Cronenberg concibe su historia de monstruos y monstruosidades en el temprano siglo XX y a partir del triángulo que forman Freud, Jung y la paciente Sabina Spielrein, luego devenida en figura clave del psicoanálisis. La textura de la película disipa cualquier intelectualidad malsana y se construye de manera tersa y fluida a partir de hallazgos visuales, objetos fascinantes y personajes envueltos en sentimientos únicos y a la vez divididos. Knightley traspasa el pesado velo de la Historia con la energía que aporta a su personaje porque, como siempre, tiene de su lado el amor que le tiene la cámara. Disponible en Amazon Prime Video.

Anna Karenina (2012)

Sin lugar a dudas, la versión más original y controvertida del clásico de Tolstoi. Wright elige una puesta definida por los telones y las bambalinas para construir la vacua pomposidad de los últimos años del Imperio Ruso. Knightley desfila ataviada con colores estridentes y atrezzos ominosos en los escenarios de un romance que es teatro y desolación. Nunca su rostro anguloso fue tan funcional a la puesta en escena como en este radical experimento del director inglés. Versátil y exuberante, su actuación es todo lo potente que la heroína de Tolstoi necesitaba. Disponible en Amazon Prime Video.



Fuente: La Nación
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