Jueves, 19 de Julio de 2018

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Qué cambiará en México con la llegada de López Obrador

Andrés Manuel López Obrado, y su mujer, saludan a sus votantes.
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El tan mentado giro izquierdista sería un retorno al estatismo paternalista.

México da vuelta la página. Comienza una nueva etapa. Pero el cambio no estará en el probable giro a la izquierda del que tanto se habla, sino en el modelo de liderazgo. Si la presidencia de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) fuese como sus discursos más radicales y no como su pragmática gestión gobernando el Distrito Federal, México no avanzaría hacia algo desconocido sino que retrocedería a la era del PRI previa a De la Madrid y Salinas de Gortari.

López Obrador era parte de aquel partido hegemónico que creó un Estado gigantesco, paternalista y regulador. El giro ideológico que daría su gobierno, si es que decide darlo al asumir la presidencia, no avanzaría hacia el modelo cubano ni hacia el modelo chavista. El castrismo hace tiempo no es modelo para nadie, salvo para el chavismo, que con Nicolás Maduro profundizó “la vía cubana” y terminó hundiendo un buque que, por sus riquezas naturales y por flotar en petróleo, era inhundible.

El modelo socio-económico del discurso radical de AMLO está en el propio México. Es el estatismo que no anula del todo el mercado, pero regula la economía y subsidia la pobreza. El izquierdismo del gobierno que eligieron las urnas, no implica una realidad inédita, sino el retorno a la era priista que rigió con plenitud hasta que Carlos Salinas de Gortari profundizó el desmantelamiento de aquel Estado inmenso y petrolero, que subsidiaba a mansalva y mantenía una gigantesca red clientelar.

En ese punto, el cambio que implicaría la nueva etapa no es más que un regreso a los tiempos da aquel paternalismo autoritario que se diferenciaba positivamente de los populismos personalistas y dictatoriales del siglo 20 en Latinoamérica. Sería un retorno aggiornado. Pero retorno al fin.

Morena. De todos modos, no está claro que el presidente electo esté pensando en volver al modelo que abrazó en su juventud. López Obrador integró el PRI, ocupó altos cargos partidarios y fue como candidato priista que llegó a la gobernación de Tabasco.

Cuando en la década del ochenta, Miguel De la Madrid inició el lento viraje hacia una economía más libremercadista, AMLO se encaramó en las agrupaciones que cuestionaron ese viraje desde adentro del partido. Esos sectores del PRI se opusieron a la designación de Salinas de Gortari como candidato en 1988, para que continúe y profundice el trayecto iniciado por De la Madrid. Y liderados por Cuauhtemoc Cárdenas provocaron la escisión que hizo nacer al Partido Revolucionario Democrático (PRD) a la izquierda del PRI.

AMLO fue parte del cisma y, como dirigente del PRD, sucedió a Cárdenas en la alcaldía del Distrito Federal, en el año 2000. Pero después de aquella exitosa gestión, comenzaron las tensiones que lo llevaron a un nuevo cisma, naciendo la fuerza política que se situó a la izquierda del PRD y terminó llamándose Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA).

Lo que se produjo ahora es un fuerte sismo en las urnas. Una mayoría social que se hartó de la corrupción, de los fracasos en la guerra contra el narcotráfico, de la violencia que hace correr ríos de sangre y de un modelo económico que genera crecimiento pero no corrige desequilibrios sociales sino que, por el contrario, los profundiza, buscó al partido y al dirigente que expresaran su voluntad de dar vuelta la página para dejar atrás a la dirigencia fallida que no revirtió la corrupción generalizada, ni debilitó a las mafias narcos, ni supo enfocar el crecimiento económico hacia una dinámica de asenso social. Y ahí estaban MORENA y su líder: Andrés Manuel López Obrador.

Liderazgo. Sin contar la reforma decimonónica de Benito Juárez, esta vuelta de página inaugura una cuarta etapa de la historia moderna de México. La primera fue la de las caóticas décadas que sobrevinieron a la caída de Porfirio Díaz. Aquellos años marcados por enfrentamientos entre los caudillos de la revolución agrarista y los magnicidios que acabaron con los presidentes Francisco Madero, Venustiano Carranza y Álvaro Obregón, además de caudillos revolucionarios como Zapata y Pancho Villa, terminaron cuando el general Lázaro Cárdenas y Plutarco Elías Calles crearon la fuerza política que se convertiría en partido hegemónico.

Esa segunda etapa, marcada por la nacionalización del petróleo, el estatismo paternalista y el autoritarismo atemperado que Vargas Llosa definió como “dictadura perfecta”, entraron en fase crepuscular con el viraje de Miguel De la Madrid acentuado por su sucesor: Salinas de Gortari.

La tercera etapa comenzó cuando, gracias a las elecciones sin fraude que permitió el presidente Ernesto Zedillo, el PRI perdió el gobierno a manos del opositor Partido Acción Nacional (PAN). No obstante, en lo económico, los gobiernos panistas de Vicente Fox y de Felipe Calderón fueron continuadores del trayecto libremercadista que ya estaba en marcha. Lo mismo hizo el fallido gobierno priista de Peña Nieto.

No está claro si López Obrador producirá un viraje significativo en ese trayecto hacia una economía más abierta. Sus libros y sus discursos en las candidaturas para los comicios que perdió, primero con Calderón y luego con Peña Nieto, sugieren que producirá un viraje izquierdista. Ese que describimos como un retorno a las décadas de oro del PRI.

Pero también es posible que su presidencia no se maneje con los ideologismos de aquellos libros y discursos, sino con el pragmatismo con que gobernó exitosamente el Distrito Federal del 2000 al 2006.

Lo que seguramente va a cambiar es el modelo de liderazgo hegemónico. Desde el fin del “porfiriato”, al liderazgo hegemónico lo tuvo un partido y no una persona. Si López Obrador tiene éxito en el gobierno, reformará la ley para permitir la reelección presidencial. Surgirá, entonces, el primer liderazgo hegemónico personalista, desde el despotismo ilustrado de Porfirio Díaz.

En el escenario político, la partidocracia tradicional que conformaban el PRI, el PAN y el PRD ya ha sido barrida por un nuevo protagonista: MORENA. A ese cambio se sumará, si el nuevo presidente logra reducir la corrupción, disminuir la violencia y mejorar la distribución de riqueza sin detener el crecimiento económico, un hegemonismo que ya no radicará en un partido, sino en un líder personalista.



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