Domingo 5 de Julio de 2020

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La historia oficial

Miércoles 1 de Julio de 2020
© Cenital

The Last Dance, el gran documental de Michael Jordan, abrió el debate. La épica le gana a la ética.

El guión del próximo documental, permítanme la ironía, ya empezó a escribirse. Se llamará “The Real Last Dance”. Y hablarán los ofendidos, enojados y omitidos en “The Last Dance”, el relato de Michael Jordan sobre su historia con los Chicago Bulls, la formidable serie documental de diez capítulos que rompió todos los records de audiencia y de la que todo el deporte habla en estos tiempos de coronavirus sin partidos.

Hay que aprovechar la nueva demanda y “The Real Last Dance” ya tiene entonces los nombres de sus primeros entrevistados. Serán los familiares de Jerry Krause, el fallecido gerente general de Chicago Bulls a quien Jordan maltrataba hasta por su altura. Estará Horace Grant, el excompañero acusado de “soplón”. Y Craig Hodges, que no volvió a jugar más con los Bulls después de animarse a criticar a Dios-Jordan. La lista incluirá por supuesto a rivales a los que Jordan maltrató hasta con mentiras para luego ganarles. Y, por supuesto, estará LeBron James. Porque la serie de ESPN que vimos por Netflix tiene, entre tantos otros, a Justin Timberlake y hasta al ex presidente Bill Clinton. Pero, curiosamente, no está LeBron, el sucesor.

The Last Dance, según sus críticos, mal podría llamarse “documental” si Jordan digitó hasta la lista de entrevistados. “Eso -dijo Ken Burns, autor de documentales populares sobre béisbol, Guerra Civil y Vietnam- no es buen periodismo ni una buena historia”. Burns aseguró al Wall Street Journal que él “nunca, nunca, nunca” hará un trabajo como el que sí aceptó en cambio su colega Jason Hehir. También Bryan Armen Graham afirmó que The Last Dance “es mala práctica periodística”. Su artículo, durísimo, recordó que Hehir ni siquiera citó entre los créditos finales a Jump23, productora de Jordan, socia del documental (Estee Portnoy y Curtis Polk, los socios comerciales más cercanos de Jordan, fueron productores ejecutivos de la serie).

Por eso, muchos dicen que, más que “un documento definitivo”, como fue presentado, The Last Dance, es una “hagiografía” o, sino, una “biografía autorizada”. La serie, es cierto, toca los puntos oscuros del astro. Su maltrato a rivales y compañeros. Su ludopatía. Pero en todos ellos Jordan, que aceptó tres entrevistas de casi ocho horas, tiene la palabra final. Y en todos aparece justificado. Lo hacía, nos dice la historia oficial, porque Jordan estaba obsesionado por ganar. El debate es tan viejo como el periodismo. Debo acercarme a la fuente para informarme. Pero preciso tomar distancia luego a la hora de publicarlo. El problema ya no es de cercanía o distancia. “Ahora, como me ironiza un productor- directamente somos todos socios”.

¿Es ético que un documental tenga como coautor al propio protagonista? ¿Es ético que, más aún en estos tiempos de puro dolor, en los que algunos hasta nos dicen que lamentablemente hay que sacrificar vidas, justamente el deporte justifique la ideología de “vale todo” con tal de ganar? ¿Pero acaso importa la ética cuando se narra la épica? The Last Dance fue la serie más vista en la historia de ESPN. Y anotó records también para Netflix. A los aficionados, escribió Marc Stein en The New York Times, no les importó ver un documental supuestamente objetivo e independiente. Ese es un debate entre periodistas.

“Los aficionados solo querían a Jordan hablando con mayor sinceridad que nunca, sin importar lo que tuviera que sacrificarse para ponerlo allí. Lo necesitamos y quedamos atrapados en él”, dijo Stein. Periodista experimentado, Stein se incluyó él mismo en esa lista. Yo también me incluyo. Escribí cuestionamientos sobre The Last Dance en dos artículos para La Nación, pero dije también, aunque para algunos pueda sonar contradictorio, que es la mejor serie documental que vi sobre el deporte del alto rendimiento competitivo.


Solo Jordan logró retener durante dos décadas escenas de intimidades de vestuario cotizadas en oro, como las que ahora vimos en The Last Dance. Hay un momento en el que los campeones tienen que posar para una fotografía para un Juego de las Estrellas. Magic Johnson no quiere siquiera rozar a Jordan, el protegido de todos. “Te acercas a él y te cobran falta”, ironiza Magic. “Si vos ni siquiera podés hacer una falta desde hace un año y medio”, le responde Jordan. Sabemos cómo terminarán todas las series de playoff, cada una de las seis finales que ganó Jordan. No nos importa. The Last Dance nos mantiene hipnotizados ante la TV, bajo permanente tensión.

En otros documentales oficiales sobre Manchester City o el reciente Matchday de Barcelona, los diálogos, aún cuando sean supuestamente en la intimidad de un vestuario o de una concentración, caen en lugares comunes, son anodinos o infantiles. Que “mañana ganaremos” o que “los niños no durmieron bien anoche”. En The Last Dance se habla de “matones”, “cretinos”. Cuchillos que vuelan ante la cámara. “Es Estados Unidos -me dicen cerca de ESPN- es la industria del entretenimiento”.

Para 2021 Tom Brady, estrella pro Donald Trump del violento football americano de la NFL, acordó con su productora su propio documental. Desde hace años muchos deportistas cuentan ellos mismos sus propias historias en un sitio llamado “Players Tribune”. ESPN anuncia para el domingo la primera de las dos partes de “Lance”, un nuevo documental de Lance Armstrong, el ciclista maldito, el héroe que venció al cáncer y conquistó siete veces el Tour de Francia. Todos con doping. Diez años atrás, Alex Gibney filmó “The Road Back” (El Regreso), el retorno glorioso de Armstrong al Tour, 38 años y otra vez en el podio. Cuando tenía casi lista la presentación saltó el escándalo del doping. De que casi toda su carrera había sido una trampa. “Disculpame, te jodí el documental”, le dijo Armstrong a Gibney. El director tuvo que rehacer todo. Su documental pasó a llamarse “La mentira de Lance Armstrong”. El nuevo documental que veremos ahora, según anticipan algunos informes, será una extensa autojustificación del ciclista tejano. Infancia difícil (“es un milagro que yo no haya salido un asesino serial”), trampa generalizada (“todos se dopaban”) y cero autocrítica.

“La línea argumentativa sobre la obsesión por ganar entre Michael Jordan y Lance Armstrong -dice un crítico estadounidense que vio ambos documentales- es delgada como una jeringa”. Jordan se decidió a su documental y a mostrar imágenes que él advertía que lo desnudarían como a un déspota en el mismo momento en que LeBron James conquistaba en 2016 un nuevo título con Cleveland Cavaliers. LeBron, además, creó una productora y él mismo es productor del documental de Showtime “Shut up and dribble” (Cállese y juegue), la frase que le lanzó Laura Ingraham, célebre periodista de Fox, cuando el jugador apuntó contra Donald Trump por la brutalidad policial contra la población afroamericana. Es un compromiso político y social que, Jordan, más preocupado en vender zapatillas, jamás tuvo. Jordan evitó pronunciarse contra políticos abiertamente racistas e ignoró revueltas raciales.

El campeón de los Chicago Bulls, hoy único patrón negro de una franquicia de la NBA, millonario todopoderoso, fue convencido para hacer The Last Dance por Michael Tollin, de Mandalay Sports Media, en pleno reinado de LeBron. “Es tu gran oportunidad para una nueva generación de consumidores”, le dijo Tollin al deportista ícono de Nike. Apenas terminó The Last Dance, ESPN lanzó una encuesta. El 73 por ciento de los consultados respondió que Jordan fue mejor jugador que LeBron. Jordan aplastó a LeBron en todas las categorías consultadas, un total de diecisiete. Inclusive en la que decía “impacto positivo fuera de la cancha”. También allí el campeón empresario le ganó al campeón activista. Just do it.


Fuente: Cenital