Viernes 20 de Septiembre de 2019

Revolución en Gimnasia

No he visto a Maradona, enamorado estoy

Jueves 12 de Septiembre de 2019
Locura por Diego Maradona en la asunción como director técnico de Gimnasia. (Foto: Juan Manuel Foglia)
© Clarín

Diego renovó la ilusión de un club devastado. El plantel se aferra a su magnetismo y el ídolo agradece haber recuperado adrenalina que hace tiempo no sentía.

A Claudio Paul Spinelli le habrán hablado muchas veces de aquel gol. Del pase que Diego inventó desde el piso. De las pelotas que rebotaban en los palos, del milagro que resultaba que la Argentina estuviera aguantando el cero en Turín.

Habrá mirado en videos aquella corajeada de Maradona, el toque preciso en medio de una maraña de piernas brasileñas y la asistencia perfecta para el hombre que le dio nombre. Fue el 24 de junio de 1990. El gol de Caniggia a Taffarel que sigue latiendo en el imaginario futbolero como uno de los más gritados en la historia de la selección. Siete años después, el 21 de junio del 97 nació el pibe al que hoy dirige Maradona. El que lleva look de Claudio Paul además de nombre. Y el que repite la fórmula: Diego ya lo invitó a hacer un gol.

Sólo Lucas Licht podrá levantar la mano en el vestuario y decir que vio el Mundial 86, el clímax en la película de la vida de Maradona. El capitán de Gimnasia resultó casi un guía turístico de Diego en su emocionante asunción como entrenador. Tenía 5 años cuando el Diez desparramaba ingleses en México. Y es el único del plantel de Lobo que había nacido.

El Bochi fue al primero que le apuntó Maradona en el vestuario. Todavía ni había pisado el césped del Bosque cuando se paró frente al capitán y, desde abajo por una cuestión de estatura, encuadró sus dos manos en el rostro del jugador. Lo atrapó, se lo acercó y le dijo: “Yo quiero ayudarlos a ustedes, vine porque quiero ayudarlos; ustedes me ayudaron a mí y yo quiero ayudarlos”. Y se largó a llorar.

Al lado de Licht, el paraguayo Víctor Ayala parecía hipnotizado. Seguía al detalle cada movimiento de Diego. Lo mismo ocurría con su compatriota Pablo César Velázquez. Y con el uruguayo Brahian Alemán. Y con el colombiano Janeiler Rivas Palacios, que nació en Quibdó, se crió en Bogotá, viene de jugar en la India y su primer día en el fútbol argentino fue hace menos de dos meses.

El venezolano Jesús Vargas también miraba incrédulo en un costado del vestuario. Nació en Mérida el 26 de agosto de 1999 dos años después del último partido de Maradona como jugador profesional en un Superclásico. Germán Guiffrey, entrerriano que acaba de firmar su primer contrato en Lobo, Matías Melluso, lateral izquierdo que busca su lugar en el equipo titular y Lucas Calderón, hijo de José Luis que heredó el puesto de delantero, son otros de los que no habían nacido cuando su entrenador colgaba los botines.

Gimnasia no necesita ver para creer.

No sabe lo que es ganar desde abril.

En los últimos dos años, desde la salida de Gustavo Alfaro, cambió ocho veces de entrenador. El Indio Ortiz, dos etapas, la dupla Mariano Messera-Leandro Martini, otras dos ocasiones, Pedro Troglio (en su tercer ciclo en el club), Mariano Soso y Facundo Sava pasaron con más penas que gloria. Y cuando nadie quería ponerse el buzo apareció Diego.

El equipo está último en la tabla de posiciones y en la de los promedios. Son 11 puntos los que lo separan de la superficie.

El inconsciente maradoneano lo llevó dos veces a declarar que dejará todo para que el equipo ascienda. “Y qué querés, estaba emocionado”, podría retrucar Diego.

Lo que quedó claro en estos días de revolución tripera es que ambos necesitaban aferrarse a un sentimiento. Maradona y Gimnasia quedaron inmantados. “Son el combo perfecto”, resumió Troglio. “Sólo Diego podía lograr lo que logró. La gente volvió a vivir. En este momento del club se necesitaba a alguien de otro planeta y como Diego es de otro planeta todo puede pasar”, agregó Pedro.


Los que viven el día a día de Maradona confiesan que hace mucho tiempo que no lo veían tan conmovido.

Sus dos experiencias más frescas como entrenador fueron en escenarios poco futboleros. En los Emiratos Árabes, el Diez terminó su contrato en Fujairah enojado después de un sospechoso gol que le hicieron al arquero de su equipo y que impidió el ascenso a la máxima categoría. Sus días en Arabia transcurrían rodeado de jeques multimillonarios y de futbolistas que por la mañana debían tener otro empleo. El arquero, por ejemplo, iniciaba las prácticas con ejercicios de elongación. Su trabajo como guardia de seguridad lo obligaba a pasar 8 horas de pie.

En Sinaloa la aventura fue mejorada, un poco más a su molde. Diego quería dirigir en un país en el que no fuera necesario pasar por el filtro de un traductor. Y Dorados le abrió las puertas.

En la calurosa y estigmatizada Culiacán consiguió amabilidad y respeto, pero no encontró pasión. Los hinchas llenaban el estadio de los Tomateros, el equipo de béisbol de la ciudad y tenían como un segundo amor, bastante postergado, a Dorados. Recién cuando el equipo hilvanó una serie de triunfos que invitaban a soñar con el ascenso empezaron a ir al estadio Banorte. Aunque eran más efusivos los festejos en el vestuario, con bailes de Diego incluidos, que en las tribunas, donde tronaban las vuvuzelas y se repartían cervezas y tacos.

Un ejemplo alcanza para retratar la etapa en la ciudad de Julio César Chávez y el Chapo Guzmán: Diego fue caminando a un shopping que quedaba a dos cuadras del hotel en el que vivía. Lo recorrió junto a Luis Islas. Compraron un adaptador para el teléfono celular y volvieron. Nadie se le acercó ni para pedirle una foto.

Esa frialdad atípica en el mundo Maradona contrastaba con el vínculo con sus jugadores. En el pasto Diego era Diego. Y sus dirigidos le sacaron jugo a la experiencia.

“Nací en 1996, a mis papás ya les había tocado ver toda su carrera y les gusta el fútbol. Yo lo veía a Maradona muy lejos, uno no se imagina que de un día a otro va a estar entrenándote y en el banco de tu equipo”, contaba Diego Armando Barbosa, mexicano de 22 años nacido en Guadalajara, lateral derecho al que le daba vergüenza pedirle una foto al hombre que le había dado sus nombres.

En La Plata, a diferencia de Culiacán, la aventura transita a toda velocidad. Los de Gimnasia se jactan de pertenecer al club más hermoso del mundo. Se aferran a la fidelidad como respuesta a la escasez de éxitos deportivos. De la misma forma, Diego se abraza a su enorme historia como jugador para contagiar su mística.

Así surgió este amor a primera vista que no lleva siquiera una semana. En definitiva, ni Diego ni Gimnasia necesitan esperar hasta el final del cuento para expresar sus sentimientos.

JCh.


Fuente: Clarín