Lunes, 17 de Diciembre de 2018

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Copa Argentina: Rosario Central sabe de épica desde aquel 1995 histórico

Carbonari marcó dos goles en la final ante Atlético Mineiro Fuente: Archivo
© La Nación

Carbonari marcó dos goles en la final ante Atlético Mineiro

Medias bajas, ojos húmedos y un puñado de palabras sueltas, sin sentido. En la antesala del vestuario del magnífico Mineirão, rodeados por algo más de 75.000 brasileños, dos mediocampistas de colección caminan -arrastran sus piernas-detrás de la formalidad del control antidoping, una exigencia habitual en los encuentros internacionales. Ahí está Rosario Central . Con una victoria, con un empate o con una derrota digna, ese trayecto se traza con solvencia, con calma. Con un 4-0 en las narices, en una finalísima, se parece a un túnel largo, amargo y oscuro. Pablo Sánchez, Vitamina, es un crack del bajo fondo y Eduardo Coudet, Chacho, un clásico N° 8, uno de esos que ya no hay. "Si ganamos en Rosario -y sé que es muy difícil, imposible-, hagamos una promesa: si somos campeones, vamos a dormir esa noche en nuestra cancha, justo en el círculo central", susurra Sánchez. Coudet se ríe: una risa en el medio de la tormenta. Césped alto, diluvio universal, realismo mágico.

-Dale. Te tomo la palabra.

El 12 de diciembre de 1995, 23 años atrás, Rosario Central se derrumba en el calor, la lluvia y el fútbol de Atlético Mineiro, en la primera final de la Copa Conmebol. Taffarel es el arquero, Ezio, Cairo, Paulo Roberto y Silva son los goleadores detrás de una copa casi, casi sentenciada. Ni la mística de Don Ángel Zof, el Viejo, ni la clase de un puñado de artistas -el Negro Palma, Sánchez, Polillita Da Silva-, evitan el colapso. Muy pocos -casi nadie- cree en los milagros. En hazañas, leyendas y garabatos creados a semejanza, por ejemplo, del Negro Fontanarrosa. El desquite, una semana más tarde, no fue escrito en ningún libro. Hubiese sido ridículamente imposible. "Ese día fuimos a la cancha más que nada para homenajear al Negro Palma, una suerte de celebración nuestra, del sentimiento canalla, con un carácter épico. Aunque teníamos una pequeña esperanza, como esas películas malas norteamericanas en las que gana el muchachito bueno sobre la hora", describió alguna vez el escritor.

Don Ángel era un entrenador de los de antes, esos que palmeaban al que ingresaba con frases del estilo, "entrá y hacé lo que sabés". Era un optimista medido. "Teníamos una leve esperanza. De por ahí., qué se yo, ¿por qué no? Por ahí, en una de esas, si convertimos dos goles en el primer tiempo.", contaba. Una semana después, justo ahora cuando Rosario Central está a punto de salir en la escena mendocina, en la final de la Copa Argentina frente a Gimnasia LP, Arroyito era un loquero: más de 50.000 hinchas, en los pasillos, en los baños, colgados en los alambrados, por todas partes. Bombas de estruendo, amenazas a los brasileños. La charla técnica fue inequívoca: no hay que volverse locos. "No quiero que amonesten a nadie, que expulsen a nadie. Y si les escupen, hay que aguantarse. Hay que jugar, jugar, jugar", les dijo el símbolo canalla. "Don Ángel nos daba libertad, confianza. No siempre podíamos salir jugando desde abajo, pero intentábamos con la pelota por el piso, fuimos un equipo lindo de mirar", aseguraba Horacio Carbonari, un recio zaguero. "Tratábamos de dar espectáculo. No digo que ocurrió siempre, pero al menos esa era la propuesta", era la descripción perfecta del equipo.

No era un paraíso Rosario. Había deudas, los jugadores reclamaban sueldos atrasados. La tesorería estaba clausurada. Hasta se pensó en la posibilidad de no presentarse en ese torneo, porque los costos eran muy altos, no se podían solventar los viajes, las estadías, las concentraciones. Y se juega, al fin de cuentas, la revancha imposible. Nadie lo puede creer: uno, dos, tres goles. Entre el segundo y el tercero, apenas pasan 60 segundos. Da Silva, Carbonari y Cardetti, en ese orden, todos durante el primer tiempo.

Polillita y Vitamina parece que se criaron juntos: hacen lo que quieren en dos metros cuadrados. "Yo les dije a los dirigentes: tráiganme a Da Silva; con el resto, me arreglo", cuenta Don Ángel. Palma es el número 5 ideal: sentimiento, panorama y recuperación, a los 37 años. "El primer partido pensábamos que iba a ser bravo, pero no tan bravo. Levantar un 4 a 0 no existe, es imposible", contó el Negro, años atrás.

"Bueno, hicimos tres goles en ese primer tiempo. Y el cuarto gol no venía, había una ansiedad. hasta que faltando unos cinco minutos -en realidad, faltaba apenas un minuto-, llegó", contó Don Ángel, inmortal en el recuerdo rosarino. El cabezazo de Carbonari también viaja en el tiempo.

"Ese partido lo ganó la gente", describió Palma, en la antesala de los penales. En la charla previa a la definición, estaban todos. Los de arriba y los de abajo. Hasta Alcides, el utilero. La voz del plantel fue en estos términos: "Si levantamos un 4 a 0, ¿cómo no vamos a ganar en los penales?" Era un ambiente de euforia, sin la tensión lógica de una definición semejante. Polillita, un mago, marca con clase el último penal, el triunfo por 4-3 y se trepa en el alambrado: uno, dos, tres metros de cara a la gente y en las narices de las nubes. En un abrir y cerrar de ojos, el estadio estaba repleto de pasión y de excesos. "Cuando el Polilla marca el último penal, explotó el estadio. Fue la explosión más grande de mi vida", contó más de una vez el Viejo, vestido esa noche con una camisa blanca a rayas, con las mangas arremangadas. Levantó los brazos al cielo y así se quedó. Inmóvil, durante dos minutos. Pasó de todo: hasta hinchas dando la vuelta olímpica de rodillas. Fue la definición más inesperada de la historia. La última consagración de Rosario Central. Ahora mismo, con Edgardo Bauza, un prócer, está a 90 minutos de volver a ser.

Y Vitamina -cuenta la leyenda-, pasó la noche con Chacho, en el medio de la cancha, en el círculo central. La compañía fue un champagne, un par de pizzas, una linterna y una radio. Largas horas antes del mejor sueño de sus vidas.ß



Fuente: La Nación
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