Viernes 24 de Mayo de 2019

El lado oscuro del semillero del fútbol

En febrero, 10 juveniles del Flamengo murieron en un incendio. Foto: Leo Correa/Associated Press.
© Clarín

El incendio en el club Flamengo, donde murieron 10 jóvenes jugadores, despierta cuestionamientos sobre la producción de talentos.

Viernes 19 de Abril de 2019

Por TARIQ PANJA y MANUELA ANDREONI


RIO DE JANEIRO — Christian Esmerio iba a ser el elegido — su familia estaba segura.

Tenía 15 años y seguía creciendo, un jugador de fútbol con una sonrisa fácil y grandes habilidades como arquero. Se hablaba de contratos y de comprar una casa para sus padres que habían invertido sus ahorros por el sueño de que su hijo se convirtiera en la próxima exportación del fútbol brasileño.

Por el contrario, el pasado febrero su padre estaba aturdido de pena, rodeado de abogados. Días antes, Christian había muerto en el incendio del club más importante de Sudamérica, el Flamengo. Fue uno de los 10 jugadores fallecidos.

Las muertes pusieron en primer plano la producción en serie más importante del fútbol internacional y plantearon preguntas acerca de este aparato brutal, que mastica a innumerables niños brasileños por cada una de las estrellas que genera.

El mundo del fútbol está poblado por una variedad de actores, casi todos atraídos por la oportunidad de salir de la pobreza, incluso, a veces, hasta de hacerse ricos.

Están los niños y sus familias. Están los inversores que rastrean el país en busca de jóvenes promesas. Y están los equipos, muchos de los cuales se encuentran en un desarreglo financiero tal que sólo con la venta de su última estrella pueden mantenerse a flote. Los beneficios de invertir sabiamente, y temprano, en un único jugador pueden llegar a las decenas de millones de dólares.

Para muchos, la industria creció tanto que se encuentra fuera de control. Ha pasado de ser un sistema para desarrollar jugadores prometedores a ser un mercado internacional cuyo valor es de 7 mil millones de dólares por año, según la FIFA.

Jóvenes y talentosos atletas —algunos de ellos niños— son comprados y vendidos como si fueran materia prima. En Brasil, a los mejores se los llama “gemas”.

Nadie sabe exactamente cuántos niños hay en el sistema del fútbol juvenil de Brasil. Las estimaciones van de los 12 mil a los 15 mil, pero es difícil de corroborar. La Federación del Fútbol Brasileño no hace ningún esfuerzo para registrar a los jugadores antes de que cumplan los 16 años y se conviertan en profesionales.

El Flamengo se enorgullece de ser el equipo más popular. Pero es posible que la adoración y el poder le hayan permitido escapar durante años de las críticas por cómo tratan a los niños que están a su cuidado. En 2015, fiscales generales de Río demandaron al club por las condiciones de su centro de entrenamiento. Los fiscales enumeraron fallas en la protección de los niños, declarando que las condiciones eran “incluso peores que las que se ofrecen a los delincuentes juveniles, en la actualidad”.

En 2017 se emitió una orden para cerrar el establecimiento, pero no hubo funcionarios que la llevaran a cabo.

En años recientes, Flamengo gastó millones para actualizar su academia para juveniles. Pero el pabellón que albergaba a los 26 niños la noche del incendio, el 8 de febrero, era una estructura improvisada: seis contenedores de acero unidos. Nunca había recibido inspecciones, según informaron las autoridades. Las entrevistas con los sobrevivientes y los funcionarios que han investigado el incendio sugieren que una serie de fallas puede haber contribuido a la muerte de los chicos.

Un niño que estaba en el dormitorio de Christian dijo que la puerta se había trabado. Él logró salir por la ventana con barrotes, pero Christian, con su metro noventa, no pudo. Cuando lo encontraron, su cuerpo estaba tan carbonizado que sólo pudo ser identificado por registros dentales.

Los funcionarios de Flamengo no respondieron a ningún pedido de entrevista, pero en febrero, el presidente Rodolfo Landim negó conocer irregularidades.

Sergio Rangel, periodista deportivo especializado en fútbol, dijo que el sistema de entrenamiento juvenil de fútbol en Brasil le recuerda a la mina de oro en Serra Pelada. Gente pobre de todo el país se apiñaba en el pozo abierto de la mina en los años ochenta, girando rocas con la esperanza de encontrar la pepita que cambiaría sus vidas.

El fútbol ha sido elusivo para muchas familias. Algunas se trasladan cientos o miles de kilómetros para anotar a sus hijos en los programas de entrenamiento que clasifican, examinan y con frecuencia rechazan a su hijo.

“Agarrarlo, darlo vuelta, y tirarlo si no sirve,” dijo Rangel.

En Brasil, menos del 5 por ciento de los aspirantes llegan a convertirse en jugadores profesionales, según la mayoría de las estimaciones, e incluso menos conseguirán obtener un salario digno. Un estudio publicado por la Federación del Fútbol Brasileño en 2016 descubrió que el 82 por ciento de los jugadores de fútbol del país ganaban menos de 265 dólares por mes.

A pesar de la baja probabilidad de lograrlo y de las dificultades, hay suficientes historias de éxito en el fútbol como para alimentar la esperanza de niños que tienen poco o nada a lo que aspirar.

Está Neymar da Silva Santos Junior, tan exitoso que es más una marca internacional que un jugador. Están Rivaldo Vitor Borba Ferreira, Ronaldo y Romario de Souza Faria, tres ex jugadores ganadores de la Copa del Mundo. La historia más reciente es la de Vinicius Junior, un delantero que salió de las inferiores de Flamengo.

Todos estos jugadores han surgido de las trituradoras futbolísticas de Brasil, para ejercer el oficio en los escenarios más importantes del mundo.

Christian parecía estar acercándose a su propia versión de la historia de éxito futbolístico. El 5 de marzo, el día que cumplía los 16 años, firmaría su primer contrato profesional con Flamengo. Su sueño de años estaba al alcance. Murió cuatro semanas antes.

Días después de su muerte, el padre, Cristiano Esmerio, esperaba fuera de una oficina en el centro de Río, donde defensores públicos se encontrarían con funcionarios de Flamengo. Un abogado se dirigió a él y le dijo que, en materia de compensación, Christian valía más que el resto: había sido convocado para uno de los equipos nacionales juveniles. Esmerio asintió. Él y su hijo habían hablado de dinero. “Papá, busquemos una casa”, recordaba que había dicho Christian, cuando se enteró de que iban a cerrar un contrato profesional. “Mi primer sueldo quiero usarlo para comprar una casa para mamá, para que no tenga que sufrir por no tener agua ni electricidad”.

Una semana antes de morir, el adolescente posteó en Facebook dos fotografías de padre e hijo tomadas con diez años de diferencia y escribió una promesa: “Todo el sacrificio será compensado”.



Fuente: Clarín