Martes 20 de Agosto de 2019

Opinión

Todo lo que se va con los libros del Parque Rivadavia

Viernes 11 de Enero de 2019
Imagen. Abren la calle Beauchef a través del Parque Rivadavia y desmantelan los puestos de la feria de libros usados / Ruben Digilio
© Clarín

Abren una calle que atravesará el predio: no está claro qué pasará con la feria de libreros.

La imagen duele, como cuando la casa que nos cobijó durante años queda desmantelada ante la inminencia de una mudanza y sentimos ganas de, no sé, darle una última caricia a la pared. En la foto, una pequeña topadora arrasa con las pilas de libros –a esta altura, papeles sucios- que se desploman sobre el piso del Parque Rivadavia. Detrás, llegan a verse los puestos, también destruidos. Algunos semi cubiertos por bolsas de nylon oscuras, como esas en las que embolsamos la basura: lo que no sirve, nuestros deshechos.

Cierro los ojos y me transporto en el tiempo: por esos mismos caminos de tierra y baldosas del parque, floreados en la memoria, caminaba de la mano de mi abuelo Mauricio: avanzábamos como viajeros ante un paisaje que nos deslumbraba. Todas esas pilas de libros en los puestos, parecía que los ojos no nos alcanzaban para abarcarlos con la mirada.

A veces yo me arrodillaba a revolver alguna caja de saldos y él me decía que podía elegir el que quisiera. A mí no me importaba levantarme con las rodillas rotas. Me costaba elegir un solo libro, porque solían gustarme varios, así que elegía tantos como pudiéramos pagar ese día y me preguntaba cómo haría para encontrar el tiempo y poder leerlos. El paseo podía completarse con un helado, o un tostado y una Coca en algún bar bullicioso de la Avenida Rivadavia o de Acoyte, la otra avenida por la que caminábamos de la mano de regreso a su casa -si los libros que habíamos comprado nos lo permitían; volvíamos comentándolos por el camino-.

Otras veces, iba él solo en la semana a los puestos y me sorprendía en el almuerzo del sábado con algún hallazgo o una colección entera: una vez me regaló la de relatos completos del francés George Simenon, que ahora ocupa un lugarcito preciado de mi biblioteca, en una casa que tiene varias paredes cubiertas de libros, muchos de ellos viejos, de aquellas mismas épocas en que me estrené en el vicio de leer varios títulos en simultáneo. Mi abuelo me compraba, incluso libros cuyo contenido desconocía pero cuyos títulos, decía, eran mensajes ocultos para mí: como aquella vez en que me trajo uno llamado Fuerza de mujer. “No sé de qué trata pero es para recuerdes que sos fuerte”, me dijo, muchas décadas antes de que aquí se oyera hablar del empoderamiento femenino y del #Metoo. Y Si pedían algún libro para la escuela, claro, también sabíamos que muy probablemente allí estaría, quizás envuelto en papel de celofán transparente o amarillo, como el de los caramelos: listo para que lo lleváramos a casa y al otro día al colegio.

Pero dicen que harán una calle, una calle que atravesará el parque. Por eso el camioncito avanza sin culpa sobre los puestos de libros. Me pregunto qué pasaría si una topadora arrasara con los bouquinistes que venden libros en París, a orillas del río Sena, con el argumento de la construcción de algún shopping, una ciclovía; vaya a saber qué. No cabría la indiferencia, imagino, si son en sí mismos una belleza.


En Caballito, Buenos Aires, la semana pasada comenzaron las obras para abrir la calle Beauchef al tránsito vehicular en el tramo que va desde Rosario hasta la avenida Rivadavia. El gobierno porteño comenzó con la tala de árboles y después empezó a demoler los puestos. Algunos compartieron imágenes en las redes sociales; esa ágora en la que decimos con frecuencia lo que pensamos para después apagar la PC o el celular y seguir con nuestras rutinas, conscientes de que probablemente nada vaya a cambiar por un post.

Dicen que los puestos serán trasladados hacia otro sector y reubicados, pero los libreros se quejan y aseguran que nada está claro y que ninguna de sus solicitudes fue atendida, mientras los funcionarios prometen que van a mejorar nuestra calidad de vida. ¿Sí?

Debemos ser miles en esta ciudad los que aprendimos a leer con esos libros viejos –a veces ajados- que nos entretuvieron durante la infancia: ahora nos duele ver cómo esa topadora avanza con impunidad sobre los libros, ya rotos.

Una amiga querida dice, un poco en broma y también en serio, que cuando oye la palabra “modernidad” saca la pistola. Es, claro, una forma de decir. Hay otros que cometen crímenes sin armas.


Fuente: Clarín
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