Sábado 23 de Febrero de 2019

Crítica “Real absoluto”, de Nicola Costantino

Seres de portentosa penumbra

En el centro de “Abisal”, esta criatura “sinuosa” como la define la artista.
© Clarín
Sábado 12 de Enero de 2019

Su obra, desplegada a lo largo de dos décadas, reconoce una impronta muy personal que enlaza su capacidad de explorar con curiosidad los procesos más variados de producción junto a una serie de señales poderosas que la atraen internamente. Pone el cuerpo en su trabajo tanto cuando ella es sujeto central o parte de la obra. En Real absoluto, esta propuesta que se exhibe en dos salas del Museo de Arte Contemporáneo de la Provincia de Buenos Aires (MAR), se reconoce a Nicola en algunas referencias, sobre todo en la primera instalación “El verdadero jardín nunca es verde”, donde recrea parte del tríptico de El Bosco “El Jardín de las Delicias”, usando una serie de recursos técnicos que sostienen su mirada de artista. Trabajar con la imaginería medieval y renacentista y meterse con un artista tan potente la tuvo ocupada hasta que entendió la conexión. Una pieza suya del ‘97, la “Trilogía de bocas”, en la que “del interior de una boca humana sale un hocico de cerdo que a su vez vomita un cogote de pollo”, como describió en ocasión de presentar esta misma instalación en la galería Barro de La Boca en 2016. A modo de cyclorama, se narran distintas escenas con un acabado que remeda un hallazgo arqueológico en que el tiempo ha dejado su huella. El visitante ingresa por detrás a un sistema donde el aparato se revela y el centro lo ocupa la maravillosa pieza escultórica “La Fuente de la Vida”, una recreación que preside la escena de manera portentosa e impactante en una penumbra muy bien lograda para la sala tan grande. Con calidades casi táctiles y una factura que sigue el concepto de esa temporalidad que ha dejado rastros perceptibles que, sin embargo, no consiguen opacar esa belleza que conjuga naturaleza y artificio. En la sala contigua, una serie de árboles tridimensionales destacan sobre un fondo pintado por la misma artista, algo que no es común. Los baobabs que tanto están en la escena o cerca del que recorre, conforman la continuidad con la obra anterior y el pasaje al “Pardes” o paraíso en hebreo. Costantino erige en una sala de enormes dimensiones, recortando mediante paneles altos, a una recreación del bosque, valiéndose de una serie fotográfica tomada en 360° que reproduce a gran escala y con calidad fotográfica impecable, sin ocultar las uniones como guiño para revelar el dispositivo. Se puede seguir un recorrido, especie de sendero que puede hallarse en un bosque de llanura donde solo podemos avanzar sin penetrar en la densidad de la arboleda. Se trata de una representación en la que el bosque se llena de seres andróginos que ejecutan diferentes tareas tanto de manipulación de un alambique como de una mesa donde se recrea otra obra suya en la que el cerdo es central pero esta vez de su disección salen frutas rojas. Delicadas piezas escultóricas que representan orquídeas, de colores tornasolados en formas muy dinámicas y atractivas se separan del plano. Algunas de ellas sostienen delgadas copas de vidrio soplado que encastran perfectamente y van a ser usadas por la artista en una performance que ofrecerá a principios de febrero. Servirá gazpachos frutales y tortas heladas, acompañada por los mismos seres que se presentan en los paneles, algo que seguramente será un disfrute especial para quienes asistan.

Aislado mediante otro pasaje, está “Abisal”, un guiño al entorno del museo tanto como a otro de sus apasionamientos actuales. Se trata de una instalación inspirada en las profundidades de las Fosas Marianas, un universo imposible para el humano, donde se descubrieron unos seres luminosos parecidos a las medusas, que Nicola recrea suspendiendo entre dos espejos una gran pieza escultórica que se ilumina con luz negra. Un capítulo final del recorrido que habilita otro tiempo y otra dimensión que, como indica su nombre, está completamente separado de nuestro alcance.



Fuente: Clarín
Más artículos