Sábado, 15 de Diciembre de 2018

Tribuna

Erradicar la violencia, el desafío de todos

UNICEF Argentina/Pepe Mateo
© Clarín

El autor analiza cómo trabajar y recuperar a los niños y los jóvenes que se iniciaron en el universo del delito.

¿Qué tratamiento le damos al delito en nuestro país? ¿Qué hacemos con los violentos? Los que destruyen el espacio público, aquellos que delinquen con armas poniendo vidas en riesgo y en ocasiones llevándose puestas varias, ¿Y con los violadores y femicidas? De acuerdo a estadísticas oficiales, tuvimos avances en la reducción de estos delitos aberrantes, pero a todas luces nos damos cuenta que estamos lejos del ideal que pretendemos alcanzar, y generalmente nos quedamos con la bronca de sentir que el sistema que imparte justicia, no sirve de mucho.

La desesperanza nos lleva a creer que es imposible todo cambio, aún sabiendo la mayoría de nosotros, qué hacer en determinados casos: acabar con la visión de garantismo irracional que protege más a los victimarios, y aplicar la ley ejemplarmente: -A los violentos, reprimir.

-A los delincuentes armados, neutralizarlos a como de lugar.

-Ya los violadores y femicidas, cárcel por siempre.

Y con los niños y jóvenes ¿Qué hacemos?

En el libro “Consumo de drogas, prácticas delictivas y vulnerabilidad social” se afirma que el inicio en la dependencia de las drogas y el alcohol ocurre entre los 12 y 15 años de edad, y que cuanto más pequeño es el niño en este comienzo, mayor será su relación con el universo del delito. El 84% de los jóvenes encuestados confirmó que delinquieron para comprar drogas, y un tercio de ellos lo hicieron antes de los 13 años.

La mayoría de estos chicos tuvieron una infancia muy dura. Familias disfuncionales, de bajos recursos y entorno violento, presas fáciles de las bandas de narcotraficantes, ansiosos de reclutar soldaditos para integrarlos a sus tareas criminales.

Estamos de acuerdo en perseguir fuertemente a quienes pretenden venderles drogas a nuestros hijos y afectos cercanos, pero si no trabajamos al mismo tiempo con los jóvenes que ya la consumen o se encuentran prestos a hacerlo por distintas circunstancias, los resultados serán magros provocando dolor a propios y extraños. ¿Cómo encaramos este desafío? Contamos con experiencias que nos indican un camino a seguir.

Si tomamos en cuenta las estadísticas en cuanto a la edad de inicio en el delito, y a sabiendas de que la familia por sí sola no puede hacerle frente a este desafío, debemos pensar con absoluta seriedad y firmeza, en trabajar la recuperación de estos menores en centros especializados de detención.

-Establecer la imputabilidad de delitos a partir de los 12 años de edad -Repensar la quita de la patria potestad y custodia a una familia transitoria cuando fuera necesario.

Salida en libertad aprobada exclusivamente por junta médica interdisciplinaria que avale la recuperación del joven, aunque haya cumplido con el tiempo estipulado de pena.

Cuanto más rápido comiencen el trabajo con el adolescente, mejor receptado será el tratamiento y progreso de reinserción social.

Sin duda tenemos por delante una transformación enorme de nuestros dispositivos penales juveniles. De nada sirve privarlos de su libertad sin resocializarlos. Es fundamental además, fijar el marco normativo necesario que determine un régimen especial de detención desde los 12 años hasta la mayoría de edad, con una posible escala progresiva en el tratamiento que vaya de los 18 a los 21 años de edad.

Protegerlos de no volver a su viejo entorno vulnerable de las bandas delictivas y las drogas, resulta a mi modo de ver, un punto obligatorio de partida en esta primera etapa.

¿Será posible plantear ideas en un año que está por finalizar, y frente a un 2019 cargado de elecciones? ¿Se podrá tomar al delito como un tema de estado, donde todos los sectores políticos y sociales aportemos nuestro conocimiento para intentar resolverlo, de una vez y para siempre?

Soy papá de 4 hijos jóvenes. Me siento privilegiado al percibir que la contención que en familia le damos, rinde frutos a la hora de valorarlos. Me mantengo alerta a los detalles, una sensibilidad que heredé de pequeño, por la experiencia vivida. En noviembre de 2005, mi hermano Litto murió en la sala de enfermería de la cárcel de Devoto a sus 45 años de edad. Tuvo convulsiones producto de un estado gripal muy fuerte, y murió ahogado en su propio vómito. Siempre me mantuvo alejado de las “malas juntas del barrio”, y a salvo de los largos brazos de las bandas de narcotraficantes de las que él, no pudo zafar. Sé que existe otro destino distinto que el de mi hermano, para miles de niños en situación de riesgo de nuestro país, de todos nosotros depende que lo hagamos realidad.



Fuente: Clarín
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