Domingo, 16 de Diciembre de 2018

Opinión

El G20, la macro y la micro

Salvador Di Stefano

El evento más importante de nuestra historia fue el último G20, fue una vidriera para que nos viera todo el mundo. Sin embargo, la tasa de riesgo país es tan elevada que los efectos positivos tardarán en notarse. La microeconomía vive en un mundo difícil, en donde innovar y reinventarse es prioridad.

La Argentina logró mostrarse al mundo, realizó 17 reuniones bilaterales, firmó tratados de mediano y largo plazo que son más que promesas, y cerró un documento conjunto con los países más poderosos de la Tierra. El encuentro se realizó sin sobresaltos, no hubo disturbios, y el saldo internacional fue altamente favorable.

El mundo se mostró a Argentina, y Mauricio Macri fue la figura del encuentro. Todo a pedir de boca. Terminado el encuentro, viene la parte menos feliz, si Argentina no baja la tasa de riesgo país, todo lo firmado y conversado es difícil de cumplir.

La tasa riesgo país es del 7%, esta es la diferencia entre lo que rinde un bono de nuestro país y un bono americano. Esto implica una tasa del 10% anual en dólares, convirtiéndose en la tasa de descuento de cualquier inversión que se desea realizar en el país. Es una tasa muy elevada. En Chile, Perú, Uruguay, Paraguay y Brasil no llega al 6% anual.

Si no bajamos la tasa de riesgo país, no habrá fuertes inversiones en Argentina, ni siquiera en Vaca Muerta, explotando litio, haciendo agricultura o ganadería. La Argentina tendrá una explosión de inversiones cuando el riesgo país descienda y los tributos sean razonables. En el mientras tanto, que nos visite el G20 ayuda, pero no son suicidas, todo lleva su tiempo.

La macroeconomía argentina mejora mes a mes. Las cuentas públicas muestran una reducción permanente y constante del déficit fiscal. El ministro Nicolás Dujovne, casi sin despeinarse, con perfil bajo y sin entusiasmar a periodistas mediáticos, cumple su función de llevar el país a un resultado primario equilibrado. El tan mentado déficit cero.

La balanza comercial mostraría en noviembre su tercer resultado positivo, la contracción de las importaciones hace que dejemos atrás el déficit comercial. No vemos aún una suba de las exportaciones, eso vendrá en el año 2019, por ahora hay un duro ajuste de las importaciones, en especial en el rubro bienes de capital, eso implica menos inversión.

Mientras, la macroeconomía se encamina a un escenario de orden fiscal, algo poco común en las cuotas públicas argentinas. La microeconomía tiene que convivir con una alta presión tributaria, elevadas tasas de interés y un efecto pobreza en la población que genera una baja generalizada de ventas.

Volvemos al escenario: estamos mal, pero vamos bien. El presidente Mauricio Macri podría terminar su mandato dejando una economía ordenada, pero sin crecimiento. La microeconomía fue agredida por una suba de tarifas públicas que era por todos esperada, pero nadie alcanzó a prever el impacto negativo sobre los gastos estructurales de los comercios, los servicios y las empresas.

Una economía sin cepo y con tipo de cambio flotante le imprimiría una dosis de mayor volatilidad a los precios. Vivimos en una economía bimonetaria, los argentinos transcurren su vida cotidiana en pesos, pero ahorran en dólares. No quieren la dolarización, pero aman acopiar billetes con la estampa de Washington. Cada vez que sube el dólar, los precios alcanzan un nuevo pico, cuando baja, difícilmente se reacomoden, la historia de siempre.

Los gastos en personal se hicieron elevados, las empresas comenzaron a pensar en adquirir bienes de capital para bajar costos, la devaluación del año 2018 detuvo la inversión, momentáneamente. Los cambios en la estructura laboral están a la vuelta de la esquina.

La microeconomía cambió abruptamente, las empresas, los comercios y los servicios tuvieron que buscar más escala o agregados de valor. Esto obligó a incrementar el capital de trabajo, que en esta coyuntura es imposible de conseguir a tasas bajas. La falta de un mercado de capital hizo inviable que muchas empresas se abrieran a la Bolsa, la alta presión tributaria no invita a desnudarse en público.

Casi sin avisarles a muchos emprendedores, la economía cambió y muchos lo notaron cuando las cuentas ya no cerraban. Lamentablemente no tenemos políticas de Estado para proyectar a los sectores productivos. Cuando el gobierno gestiona mal, aparece disfrazado de bombero, rompe puertas, tira abajo paredes y apaga el fuego. En términos económicos sería que el bombero llega, sube la tasa, pone nuevos impuestos, reflota retenciones y resuelve su problema. Todo sin meditar, que muchos emprendedores quedan en el camino, y solo la supervivencia del más apto hace que siga en carrera hasta el próximo incendio.

El G20 fue la mejor puesta en escena que vivo el país en su historia. Le permite al Gobierno relanzarse y recuperar protagonismo. Una semana histórica para el país y su visibilidad mundial.

La macroeconomía todavía está penalizando a las inversiones, la tasa de riesgo país es elevada, y el costo de oportunidad de la inversión se ubica en el 10% en dólares o 50% en pesos. Con estas tasas es imposible invertir a largo plazo.

La microeconomía sufre por los altos gastos de estructura, la mayor presión tributaria y la falta de financiamiento. Los emprendedores se viven reinventando para sobrevivir y surfear la crisis, algunos pueden, otros quedaron en el intento. La Argentina binaria del que puede sobrevivir al incendio y construye un edificio, mientras que el que no logra sobrevivir queda desamparado, y con una prefabricada.

Con tamaña volatilidad, pasadas estas crisis deberíamos levantar un monumento al emprendedor desconocido, el que desapareció entre tantas crisis, y que en algún lugar de la Argentina sigue soñando en levantar una nueva empresa.

El autor es analista económico y de mercados.



Fuente: Infobae
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