Viernes, 20 de Julio de 2018

Cultura

Cuentos de amor, de perros y de alcohol en el edificio de los sueños

La autora de "Tres hermanos" escribe sobre la reedición de "Kavanagh" (Club5 editores), su celebrado libro de relatos, y cuenta el origen de esas historias que transcurren dentro del emblemático edificio porteño

El padre de un amigo mío llegó a Buenos Aires cuando era muy joven, salió de Retiro, vio el Kavanagh y dijo: un día voy a vivir en ese edificio. Se llamaba Leonardo Barujel y al tiempo se convirtió en representante de estrellas y empresario teatral, en el descubridor mítico de talentos de su época. Historias y anécdotas geniales lo precedían donde fuera. Yo lo vi un par de veces, en reuniones o casamientos. Las personas se le acercaban con esa confianza reverente que los porteños dedicamos a las leyendas de la ciudad. ¿Se acuerdan de "Era un bikini a lunares amarillos"? Estaba inspirada en Wanda, su mujer. Barujel y señora llegaban y notabas la efervescencia desde lejos, como si empezara una fiesta en la fiesta. La gente se levantaba y los rodeaba. Cuando Barujel se murió, en el 2003, vivía hacía décadas en el Kavanagh.

Me enteré de su muerte mientras escribía este libro de cuentos que pasaban en el edificio. Yo también era fanática del Kavanagh. De chica, cuando iba con mi abuela a la calle Florida y lo veía, me atraía como un imán. Le dediqué, de hecho, una parte de mi vida. Es una parte nocturna, que duró años: empezaba a las 9 de la noche cuando mi hija se dormía y yo me sentaba en el teclado de la notebook hasta la madrugada. Escribía sobre el edificio de mis sueños, lo soñaba por escrito.

El libro se había ido gestando solo, con el correr de los cuentos, siempre contados por una señora que vivía en el séptimo piso con su perro. Todo empezó con la historia de una pareja de grandes bebedores, que surgió de la nada. Al principio sólo sabía que sería una historia de amor y que los protagonistas tomarían sus tragos mirando la plaza San Martín desde su ventana en el Kavanagh. A ese cuento le siguió el de un traductor, vecino de los dipsómanos. Volvía a aparecer Paredes, el portero, que ya había presentado credenciales. ¿Era mucho que el encargado se llamara Paredes? No tanto: en mi casa el encargado se llamaba Palacios y en lo de mi madre, Torres. Con ese fundamento, Paredes quedó incólume. En otro cuento se armaba una pareja, nacida de los cruces de otras dos en el ascensor y varios rounds en las reuniones de consorcio. El perro ganaba un protagonismo que traté de moderar sin éxito. Mi música de fondo era una frase de Le Corbusier: "un rascacielos es un barrio en altura". De paso, escribía la historia de la señora que vivía con su perro, a modo de una novela por entregas en la que cada uno de los cuentos funcionaba como un capítulo.
Algo pasaba con el barrio de estas historias, seguramente porque la escritura nace de la cabeza y la emoción, donde lo que hay convive de a ratos con lo que recordamos y lo que podría haber sido. Los vecinos de mi libro iban a Harrod's y caminaban por las calles breves de las cigarrerías y estudios de fotografía con retratos y fotos carnet en la vidriera. Los micros de turistas de hoy convivían con la Queen Bess, la Richmond y el Florida Garden.

Mientras escribía los cuentos mis amigos me invitaron a conocer el edificio. Les pedí que me esperaran hasta que terminara el libro. Me gustaba inventar esas historias casi a ciegas mientras el Kavanagh seguía ahí afuera, como una garantía de que estaba todo bien. Sabía que la realidad iba a superar a la ficción, y yo estaba escribiendo ficción. Conocer el Kavanagh personalmente era cumplir con un deseo de la infancia. A otros puede parecerles poca cosa pero para mí era una gran aspiración y ese anhelo me mantenía despierta en el teclado, desde las 9 de la noche hasta la madrugada, imaginándolo. De paso me reservaba lo mejor para el final, como un premio.

Finalmente, llegó el día. Recorrimos el lobby, llegamos a la entrada del túnel que llevaba al Grill del Plaza. Subimos a la azotea y vi una panorámica tan perfecta del puerto y la ciudad que me tuve envidia. Me enteré de que había un mayordomo que comandaba un plantel de encargados. Después bajamos al departamento y nos abrió la puerta Wanda Barujel. Pasamos, nos acompañó, se sentó en un sillón y prendió un cigarrillo muy tranquila, como si estar en esa sala decorada por el escenógrafo del Maipo fuera lo más natural del mundo. En mi recuerdo tiene el pelo atado, está vestida de negro, todavía me sonríe y la sigo hipnotizada por el pasillo.

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Fuente: Infobae