Viernes, 20 de Julio de 2018

Grandes Libros

Carlos Busqued y el libro que registra sus diálogos con un asesino serial: “Magnetizado es una reflexión sobre la naturaleza humana”

Tras un silencio de casi una década, el autor de “Bajo este sol tremendo” publicó un nuevo libro en el que cuenta la increíble historia de Ricardo Melogno.

¿Qué lleva a un hombre a matar? ¿Y si la violencia fuera algo "normal"? Ricardo Melogno tenía 20 años cuando, sin una razón precisa, sintió la necesidad de asesinar. Se tomaba un taxi hasta Mataderos y cuando llegaba a destino —un destino arbitrario como el auto que paraba— le pegaba un tiro al conductor. Fueron cuatro asesinatos en una semana. Y así como apareció el impulso homicida, cesó.

Pese a la búsqueda intensa de la policía, no aparecía el culpable. Fue la propia familia de Melogno quien lo entregó. Desde entonces han pasado 35 años. Nada hacía prever que pasara en ese entonces, nada hace prever que pueda volver a suceder.

¿Qué lleva a un hombre a matar? ¿Y si estuviéramos diseñados para ejercer violencia? Melogno fue encarcelado y caracterizado con un cuadro de esquizofrenia. En estas tres décadas y media ha pasado por diferentes pabellones psiquiátricos; actualmente está en el complejo penitenciario de Ezeiza, bajo el Programa Interministerial de Salud Mental (Prisma). Sin embargo, su caso despierta más interrogantes que certezas: los profesionales de la salud que lo han tratado no han llegado a conclusiones firmes respecto de su condición.

Fue en este último centro donde le recomendaron escribir su historia, ordenar los hechos. Melogno estuvo de acuerdo desde el principio, pero no quería ser él quien escribiera. Prefería contárselo a otro. Así fue convocado el escritor Carlos Busqued (Bajo este sol tremendo), quien, después de más de 90 horas de conversación, reunió el material en un libro inclasificable, profundo, potente. Magnetizado (Anagrama) —como el clásico de Foucault Yo, Pierre Riviére, habiendo matado a mi madre, mi hermana y mi hermano— pone de manifiesto, de una manera descarnada, sin regodearse en el morbo de los crímenes, los mecanismos de poder y el discurso racionalista:

—Si estás indefenso —dice Busqued en diálogo con Grandes Libros—, se van a cagar en vos. Magnetizado no es una reflexión sobre el sistema de salud, es sobre la naturaleza humana.

¿Cuánto se tarda en entablar una confianza con alguien que lleva tantos años preso?

—Muy poco, es una cosa rara. Por un lado, es muy fácil entablar una conversación con Ricardo. Tardás en asimilar a la persona que tenés adelante con la que te está contando la historia. Es obvio que nunca había conocido una persona como él, pero trataba de entender en qué momentos hablaba en serio y cuándo no. Tiene un sentido del humor bastante fino. Y él fue conociéndome a mí. No quiero hablar bien de mí, pero una herramienta para que la confianza fluyera fue que estaba claro que yo lo escuchaba con respeto. Trataba de escuchar como quisiera que me escucharan a mí. Porque, si bien en el libro queda como una charla hecha constantemente alrededor de un eje, en realidad, es el destilado de un montón de charlas de bueyes perdidos que, cada tanto, volvían a ese tema.

¿Cuánto "tiraste" hasta llegar a Magnetizado?

—No tiro nada, pero tampoco hubo nada definitivo. Tengo una carpeta donde voy ordenando archivos por antigüedad. Voy recortando a medida que las versiones se van acercando al final. Primero en cuanto a temas: como me fui enterando de la historia a medida que hablaba con él, tardé en entender cuál era el eje del libro. Una vez que lo encontré, tuve que descartar montones de pedazos que no hacían a la historia. Hay anécdotas de cárcel, de gente muy graciosa y exótica o de motines que pueden llegar a ser interesantes en otro contexto, pero que no hacía a la cosa. Trate de hacerlo entretenido, no aburrir, que interesara, respetar lo que él decía y hacer algo que fluya. Entre la versión que me aceptó Herralde y la que terminó saliendo pasó casi medio año. Le saqué 60 páginas de a oraciones, de a pedacitos milimétricos. La versión anterior es lo mismo, pero engordado.

¿Ricardo tuvo la oportunidad de leer la versión final?

—Sí, leyó la versión engordada. Y ahora tiene el libro. Le voy a llevar recortes de diarios, cosas así. Es importante que una persona que ha estado aislada del mundo tanto tiempo entienda la recepción de su historia afuera.

Cuando uno hace entrevistas, también se expone. Algo que destaco del libro es justamente eso: vos le contás, por ejemplo, las fantasías de asesinar a tus compañeros de trabajo.

—No de asesinarlos, sino que morían adelante mío. O que los mataba como Darth Vader. Era una época espantosa y eso me ayudaba a soportar conversaciones con personas que no quería tener adelante. En realidad, yo participé mucho más en las charlas con Ricardo, pero me fui extrayendo al entender que lo importante no era yo haciéndome el gracioso. Dejé sólo dos cosas. Una de ellas es ese diálogo. Yo le digo que fantaseaba con que la gente muriera delante mío y él me explica que eso yo lo hacía para escapar de la situación, pero a él eso se le venía encima. Lo dejé porque alguien me dijo que era el diálogo clásico entre un neurótico y un psicótico. Entonces dije: "Si establece una diferencia y exhibe un dato, lo dejo". La otra parte es las charlas sobre historietas.

Se nota que son dos fanáticos.

—Sí, y el diálogo fue mucho más rico. Cualquiera que las haya conocido esas revistas se acuerda. A las historietas de la editorial Columba se las despreciaba, pero hay que reconocer que Robin Wood tenía una documentación gigante y una imaginación tremenda. Comparto con él eso, porque soy una persona que constantemente no quiere estar donde está. Cualquier cosa que me lleve afuera de donde estoy, la agradezco mucho. Todo lo que no sea real está bueno.

¿Tuviste contacto con otros internos?

—No. Me encontraba con Ricardo dentro de las instalaciones del hospital, pero fuera de lo que era encierro. Era en una especie de oficina, en una sala de reuniones.

El libro está firmado por vos y, por supuesto, el trabajo es tuyo, pero cuando uno escribe una biografía o un libro de entrevistas, la firma de uno no es la única. Este libro podría haber estado firmado por Ricardo también.

—No está el nombre de Ricardo en la tapa, pero en la cubierta interna dice "Una conversación con Ricardo Melogno". Yo quería que el subtítulo estuviera en la tapa. Si bien soy responsable de la existencia del libro y me siento autorizado para poner mi nombre, la historia es de él y yo me puse al servicio de su historia. Me abstuve de intervenir. Lo único que hice fue encontrar la historia y armarla para un tercero, que es el lector. Fue en la charla con la editorial que no pude evitar fue que sacaran el subtítulo de la tapa.

Supongo que es una decisión propia de mercado.

—Creo que habría podido pelear un poquito más, pero es gente que entiende, fue una negociación.

¿Qué tipo de tensión provoca contar la historia de otro? El autor de una novela es el dueño de ese mundo, pero acá, lo acabás de decir, estás al servicio de otro.

—Lo que pasa que ese otro no es un plomo. Es muy fácil ponerte al servicio de una historia interesante. Es una decisión que no tardás nada en tomar. Lo mismo me pasó con Bajo este sol tremendo: una vez que encontrás la historia, lo importante no sos vos, es la historia. De última, vos vas a quedar bien si la historia está bien.

Cuando apareció Bajo este sol tremendo creo que dijiste que tardabas en escribir una página por semana. ¿Con este libro también?

—No es que demorara una semana por página, sino que una página terminaba siendo el resumen de las catorce páginas que había trabajado durante una semana y de la que quedaban tres cosas. Ese laburo lo hacés cuando ya sabés a dónde vas. Le perdés respeto a tu trabajo, hacés que quede solo lo que sirve. El momento de ir desprendiéndote de cosas que no aportan es glorioso. Es excelente. Lo que es una tortura es producir. Por eso digo que ahora estoy escribiendo algo nuevo como si estuviera en medio del campo. Primero hay que desmalezar y después, con el tiempo, habrá unos ladrillos, una casita.

Me gusta la idea de novela como una casa.

—Porque es una construcción. Raramente me han gustado tipos caóticos en la narración. Respeto muchísimo el trabajo de alguien que me da una cosa bien hecha. Lo dije varias veces, pero es la diferencia entre ir al cine a ver una película y otra que venga un plomo y se te siente al lado y te cuente la película y lo que le parece a él la película. Te dan ganas de recagarlo a trompadas. Y la enorme cantidad de los que escriben está sentado al lado tuyo contándote la película; en el mejor de los casos, si se acuerda de la película.

¿Esa intención de correrte de la historia es la diferencia entre Magnetizado y las novelas de Emmanuel Carrère?

—No. La diferencia con Carrère es que tiene plata. Es una diferencia enorme que lo convierte en otra clase de persona, una que vive en un mundo en el que yo jamás voy a habitar. La comunicación con esa persona es imposible. Yo me comí El adversario y De vidas ajenas, pero cuando en Una novela rusa habla de la distancia que tiene con alguien, porque él tiene plata y el otro no, inmediatamente me dije que con él no podía hablar de nada. Lo único que quiero, solo porque tiene dinero, es que lo atropelle un tren, que se le caiga una caja fuerte arriba de la cabeza como en los dibujitos de la Pantera Rosa, que caiga en cana.

Estamos hablando de las condiciones de producción en lugar del libro.

—Por eso. A partir de ese dato, con Carrère se acabó cualquier discusión literaria. Pero justamente, como me habían conmovido mucho esos dos libros, lo fui a releer para ver cómo tomar distancia, qué podía robar, cómo ubicarme. Y lo que me pasó fue descubrí que todo el tiempo está diciendo "Mirá el monstruo que te estoy presentando", esa moralización, y que siempre dice que él no es eso. Lo vi en la relectura. Es un buen escritor, tuve que releerlo con otro criterio para darme cuenta. Pero es una posición que no me gustó. Igual, qué le importa a Carrère, ¿no? Yo me estoy comiendo los mocos en un monoambiente en San Cristóbal mientras él está en París…

En un tema como la escritura, ¿por qué plantear una diferencia a partir de la plata?

—La persona que hereda dinero tiene que ir a drogarse a Buzios y no meterse en las actividades de las personas que necesitamos vivir. Salvo que seas un genio: Burroughs. El nieto del inventor de la máquina de calcular y qué sé yo, escribió El almuerzo desnudo y una serie de libros que te rompen la cabeza.

No sé si me estás hablando en serio.

—Te estoy hablando completamente en serio.

Entonces hay que tachar a la mitad de los escritores de la Argentina.

—Es lo que hago. Sí.

¿Bioy?

—Bioy me parece lo más aburrido del planeta Tierra. No me importa tu bienestar: morite. Esa es mi posición como lector. Si hay un lugar en donde puedo ser fascista sin joder a nadie es como lector.

¿Hablás del escritor como un trabajador?

—No. El escritor es el tipo que tiene que aportar algo nuevo donde no hay nada.

¿Y qué te importa la plata, entonces?

—No puedo compartir nada con alguien que tenga un bienestar. Si el tipo no tiene la angustia de pagar el alquiler vive en otro planeta. Si un marciano tiene que pagar el alquiler, ese marciano está más cerca mío que el hijo de puta que tiene una casa heredada.

¿El artista tiene que ser un lumpen?

—No. Para que yo le preste atención tiene que ser bueno. Si sos un lumpen y sos malo, tampoco me importa. Para porquerías pongo la tele.

Supongamos que Magnetizado se convierte en un bestseller y vende 50 millones de ejemplares…

—¡Ojalá!

¿No habría, entonces, más libros de Carlos Busqued por una cuestión ética?

—¡No! Yo voy a tratar de robar todo lo que pueda. Pero si alguien viene y dice "Gordo, estás haciendo guita", está en todo su derecho. Y, si me va bien, está perfecto que me odie. En mí sistema de valores, tenés que tener una virtud muy específica para recortarte de ese colectivo que quiero que arda.

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Fuente: Infobae